Con los libros pasa como con los amigos, los más cotizados no son precisamente los mejores y los mejores se encuentran por casualidad, sin buscarlos; mis libros preferidos casi nunca han sido libros recomendados por un crítico o un amigo, nos hemos cruzado por azar, en una librería o en una biblioteca. Los mejores encuentros ocurren en las bibliotecas y son más frecuentes si la biblioteca es de archivo abierto.
En la Universidad sólo tuve tres o cuatro encuentros gratos con un libro a lo largo de seis años, lo demás fue tiempo perdido y aburrimiento. La única revelación verificada durante ese tiempo fue la certeza de que la pasión del profesor casi nunca equivale a la pasión del estudiante sino a su compasión o su desprecio; en la mayoría de las clases me preguntaba cómo era posible que este señor o señora se emocionara tanto con obras o temas que a mí me parecían tan aburridos. Hay varios momentos que recuerdo con especial placer de ese periodo de mi vida nerda y estoica, ese placer es la suma de instantes en que tenía la certeza de que no le debía nada a ninguno de mis profesores, ningún trabajo, sustentación, saludo o sonrisa; mi mejor día siempre era el último, cuando sabía que contaba con todo el tiempo para leer libremente, me sentía feliz, los bendecía a todos.
Casi todos asumían poses intelectuales, algunos se paraban ante mi mirada como musas o Cristos Reveladores de Verdades Eternas e Inmutables, uno de estos seres llegó a decirnos que en su clase se perdía la virginidad del alma, el tiempo pasó y llegué a establecer una amistad de dos o tres años con este ser de otra dimensión, descubrí en este semidios a un hombre inseguro, tímido y de costumbres cursis, un Silva bebiendo té con rosquillas. Este Maestro se jactaba de no ir a la biblioteca porque él tenía Su biblioteca, el gran sueño de su pobre vida era un sueño complejo, soñaba que el tiempo pasara muy rápido, especialmente los cinco años que la faltaban para empezar a recibir lo que siempre soño: su pensión; él compartía el mismo sueño con la secretaria y la aseadora.
Mis hábitos de lectura no han cambiado desde que era niña, la universidad no logró su objetivo conmigo y lo último que deseo es que en una reunión familiar quienes recién me conocen digan: "es indudable, tiene aura de profesora universitaria, su mirada, el movimiento de su manos, su seguridad, todo en ella habla de la labor noble que desempeña"
¿Por qué alguien que desprecia a los profesores ha decidido ser profesora y siente que serlo no es un trabajo sino un placer? La respuesta es sencilla: porque más que profesora soy lectora en un mundo donde casi nadie quiere ser lector, una lectora que siente que el mayor placer, entre todos los placeres, consiste en leer. Siendo profesora puedo hablar sobre lo que leo, compartir lo que más disfruto, conversar con otras personas sobre los temas que más me interesan. Los estudiantes de ahora no son diferentes a los de hace diez o cien años, pero en un grupo de cuarenta siempre hay dos o tres lectores y dos o tres son auditorio suficiente para continuar leyendo.
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