La noción de privacidad es una reliquia de la hipocresía burguesa.
Convertir la vida en una narración quizá fue el más voluptuoso de sus placeres.
"Si en tus tardes de melancolía hubieras tenido que que partir leña, tu tristeza habría desaparecido en cinco minutos".
Sartre era un imitador brillante, tan divertido e imaginativo que conseguía hacerles reír (a sus estudiantes) incluso en clase de filosofía.
El deber del escritor es denunciar la injusticia allá donde se encuentre y, sobre todo, cuando ama el país en el que se comete la injusticia.
Como Roquetin refleja en la novela de Sartre La naúsea: "Para que el acontecimiento más banal se convierta en una aventura, uno debe empezar por narrarlo".
Como existencialistas, creían que los individuos eran nada más y nada menos que la suma de todos sus actos, y se ofrecieron voluntariamente ya sí mismos para el juicio de la posteridad.
La idea de un trabajo normal, con compañero y jefe, era un anatema para él. Tampoco quería ser un profesional de la literatura, garabateando en un despacho mal ventilado y atestado de libros.
Sartre estaba encaprichado con la ceremonia de la seducción y lo sabía. La describía como una "tarea literaria" que, como la escritura, implicaba palabras elgantes, silencios adecuados y un uso hábil del punto de vista.
El existencialismo no habla de posibilidades o intenciones, dijo Sartre, sino de proyectos concretos. Nadie es un genio, sea él o ella, a menos que sus obras lo demuestren. Lo mismo sirve para el amor. "No hay amor salvo en lo que se construye, el amor no es posible salvo si se manifiesta en una relación sentimental".
En realidad, el existencialismo no es una filosofía ni positiva ni negativa, dijo Sartre al público, La teoría es que, dado que Dios no existe, el hombre se crea a sí mismo. No hay una naturaleza o esencia humana a priori. No nacemos cobardes o perezosos; escogermos ser así. "El hombre es responsable de sí mismo... Estamos solos, sin excusas. A eso me refiero cuando digo que el hombre está condenado a ser libre".
Los estudiantes del Liceo Francés nunca habian conocido a alguien como Sartre. Estaban fascinados con aquel hombre menudo y redondo que aparecía en la escuela con una vieja chaqueta de tweed, sin corbata, se sentaba frente a ellos en su mesa, balanceando las piernas en el aire, y les lanzaba ideas sin apenas consultar sus notas, como si estuviera hablando con sus amigos. No era como los demás adultos. Se tomaba las ideas muy en serio, pero no adoptaba en absoluto el gesto grave de la autoridad.
¿Qué era él en realidad? ¡Un profesor de provincias! Le gustaba enseñar y apreciaba a sus alumnos, pero despreciaba las instituciones, a los directores, a los jefes de estudio, a sus colegas y a los padres. Les gustara o no, le dijo a Beauvoir, estaban prisioneros en un mundo burgués. Daban catorce horas a la semana, hacían un viaje al extranjero todos los veranos y sus sueldos estaban garantizados por el Estado. Tenían casi treinta años y el futuro planificado de antemano. También tenían la posibilidad de casarse. ¿Que clase de aventuras podrían esperar en el futuro? Al poco tiempo Beauvoir estaba hecha un mar de lágrimas.
Tal como él lo veía, los individuos vivían en un estado de absurdo fundamental, o "contingencia". Dios no existía; la vida no tenía significado preexistente. Cada individuo tenía que asumir su libertad, crear su propia vida. El orden natural no exisía; las personas tenían en sus manos su propio destino. Les correspondía a ellos determinar sus vidas, incluso la manera de vivir el amor. Ser libre daba miedo; la mayoría de la gente daba la espalda a su libertad. Sartre la aceptaba. No iba a permitir que ningún código preestablecido determinara su vida. Su vida sería su propia obra. A Beauvoir le pareció una filosofía maravillosa.
Sartre y Beauvoir. La historia de una pareja. Hazel Rowley. Barcelona: Lumen. 2006. 616 páginas.


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