La gran dificultad para creer en las regresiones tiene que ver con el hecho de que casi todos fuímos reyes o reinas. Jamás putas, ladrones o lavanderas.

Anónimo

El recuerdo más nítido que tengo de la infancia tiene que ver con sábanas, desnudez, limpieza y sueño. Mi mamá me bañó, me secó, me dejó en la cama sobre varios juegos de sábanas recién bajadas de la cuerda... me recuerdo despertando, sin angustia ni desesperación, jugando a la carpa de circo con los pies y las sábanas, disfrutando del olor a jabón como disfrutaba el protagonista de El perfume con el olor a pescado podrido en la plaza de mercado.

No recuerdo cuándo ni a través de qué método me enseñaron a lavar y planchar. Ahora disfrutaba no sólo del olor a limpio, se añadieron nuevos placeres: el sonido del agua cayendo en la alberca, las burbujas, el sonido de la ropa en contacto con el agua y el jabón, el movimiento tan gracioso del cuerpo y de los brazos, el uso del cepillo, el retorcido, el tendido, ver secar la ropa, ver caer gotas de agua gruesas o delgadas de acuerdo con el tamaño y el material de la prenda, gozar viendo la diferencia entre el secado de una media y una sábana, el tipo de gota que forman en el suelo, ver gotas que forman charcos y charcos que invaden espacios. Cuando la ropa está seca vienen nuevos placeres, bajarla, colgarla en el brazo, poner la ropa limpia sobre la cama, separarla: la de doblar, la de planchar, la de colgar, la de cama, la interior, las medias. Doblar es placentero, pero disfruto más planchando y colgando ropa recién planchada, tibia.

También me enseñaron a tejer, no recuerdo la primera sesión, es más complicado tejer que lavar ropa, son emociones diferentes; mientras que el lavado es pura acción el tejido es quietud absoluta, cuando tenía 15 años temí ser adicta a tejer y destejer. El tipo de tejido que más recuerdo es en redondo o en línea recta hacia el infinito, por el puro placer de tejer, lo que tejía no pretendía convertirse en prenda digna de ser usada o exhibida, no me interesaba aprender a tejer guantes, patines o mitones.

Del lavado pasé al plachado y lavando y plachando descubrí el tejido; lavando, planchando y tejiendo descubrí que realizando actividades repetitivas el pensamiento se activa más que practicando deportes, aunque practicar deportes solitarios también es muy placentero. Lavar, planchar, tejer, trotar y montar en bicicleta, esos placeres gratuitos me dieron muchos momentos de placer, nada comparables con los placeres relacionados con los libros. De los placeres de la infancia sólo me quedaron el lavado y el planchado, placeres concedidas por la madre joven, bonita y dulce que tuve, una señora que toda la vida ha escrito un Diario; los libros los llevaba el señor serio, trabajador, reservado y respetuoso con las niñas como pocos: mi papi.

No recuerdo con especial emoción haber leído la palabra mamá, recuerdo cuando hacía palitos y bolitas. Lo que más me gustaba de las cartillas y los cuadernos era el olor, me gustaba marcar los cuadernos con nombre y año. Mi papá compraba libros muy bonitos para todos los niños de la casa, sobre diferentes temas y para diferentes edades, conservo el recuerdo de varios libros por el material, el peso, el olor, el tema y la imágenes. Me gustaban los libros sobre todos los temas, me divierte recordar cómo me apasionaba leyendo libros de algebra, geometría o matemáticas, pero lo que más me sedujo fue la literatura, me gustaba aprender de memoria poemas de amores imposibles o de historias de animales para recitarlos como juego con mis hermanos. En las clases de español en el colegio me enseñaron a dramatizar poemas horribles con los que me divertí hasta hace muy poco tiempo en la sala de la casa. A los 13 descubrí la gran biblioteca, la Luis Angel Arango, desde que la descubrí no he dejado de ir con bastante regularidad. Biblioteca personal estable tengo desde hace muy poco tiempo, no más de diez años, la he clausurado cuatro o cinco veces en la vida, me gustan tanto los libros que temo que se conviertan en simples objetos que sirven para mostrarle a los demás que no soy una ignorante, siempre he comprado libros y siempre termino regalándolos, aplico la política rulfiana con la biblioteca personal: el libro se compra, se lee, si vale la pena volverlo a leer se guarda, si no vale la pena ni siquiera terminarlo o basta con una sola lectura se regala sin pensarlo. Es mejor regalarlos que venderlos, los libreros son pretenciosos, ignorantes, tacaños y habladores.

Sólo me arrepiento de haber regalado tres libros que me gustaban mucho: Las cartas de Flaubert a Luise Colet, Las cartas morales a Lucilio, las cartas de Baudelaire a la madre, los regalé porque los quería mucho, son los libros que más he releído y los que más me han enseñado.